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Advertencia: este post está lleno de clichés. Quién tenga problemas con ello, favor de abstenerse.
Mis días pesimistas han llegado. Quizá coinciden con la llegada del otoño, mi alma/mente se pone a juego con el viento, todo se torna un poco gris y aquí arriba (en mi cerebro) las hojas débiles se aferran a las ramas, aún a sabiendas de que caer es inevitable.
Tengo una teoría (absurda) acerca de las personas que escriben (que conste que dije "personas que escriben, no escritores. También es útil recordar que escribir no implica hacerlo bien). Para escribir hay que estar o enamorado, o atormentado. ¿Enamorado? No, no lo estoy. ¿Atormentado? Si, puede ser.
Cuando yo estoy enamorado, mis letras se reducen a poemas cuasi-infantiladolescentoides llenos de rimas baratas. A mí, escribir enamorado (la neta) no me funciona. Podría mostrarles ejemplos que confirman lo que digo, pero no quiero causar risas y menos que mi incipiente familla de persona que escribe (repito, no es lo mismo escribir, que ser escritor) se diluya en poemas de falsos amores.
Pero cuando se trata de estar atormentado, ahí si! La oscuridad es mi terreno. Lo admito, necesito amargura corriendo por mis venas para que las letras fluyan. Incluso creo (en otra de mis absurdas teorías) que la gente se identifica más con el lado gris, ese que esta lleno de dolor, amargura, desamor y odio.
Este post, no tiene un fin específico, quizá solo es de carácter informativo e incluso suena a confesión, así que concluiré diciendo que me gusta la oscuridad. Piensen un poco, si la oscuridad no existiera, jamás nos hubiéramos dado cuenta de que las estrellas están ahí brillando.
Aprovechando el ventarrón existencial, estoy comenzando a escribir algo nuevo.